Datos básicos

Dificultad:

baja

Duración:

Entre 1 hora y media y 2 horas

Punto de partida:

Estación de Tren

Punto de llegada:

Alameda



Ateniéndonos a lo narrado en la novela Entre naranjos, se traza una ruta donde se sitúan los espacios por los que transitó el protagonista alcireño del relato en su breve estancia en la ciudad antes de emprender una fuga amorosa con la hermosa cantante de ópera Leonora. En concreto, partiendo desde la esquina de la calle Lauria con la plaça de l’Ajuntament, se sigue hasta el lugar donde estuvo el desaparecido Café de España. Por la calle Barcas se llega hasta el teatro Principal, y desde allí al Hotel Inglés (antaño de Roma), informando sobre la plaza de Villarrasa y el palacio del Marqués de Dos Aguas. Luego, se accede a la Universitat Literària desde la calle de la Nau, para marchar a continuación al Parterre, cruzando luego por el puente del Real hasta desembocar en la Alameda.

Si bien la historia narrada en Entre naranjos transcurre, fundamentalmente, en un ámbito rural que condiciona de manera decisiva la peripecia amorosa de los protagonistas y sirve al autor para denunciar las maneras del caciquismo y la política local, el desplazamiento de los personajes hasta Valencia permite materializar un interesante itinerario.


[Rafael] había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, como un colegial que se fuga con solo lo puesto.

El punto de partida de nuestro itinerario se sitúa en el mismo lugar al que llegarían, desde Alzira, los personajes principales de la novela para adentrarse en las calles de la ciudad. El tren en el que viajaba Rafael no se detuvo en la que actualmente conocemos como estación del Norte, ya que esta fue inaugurada el 8 de agosto de 1917. La antigua estación de ferrocarril estaba ubicada en los terrenos del convento ya desaparecido de San Francisco, en la plaza del mismo nombre (hoy del Ajuntament). Por eso, en la época se designaba también como la estación de San Francisco. Aproximadamente, se hallaba donde hoy en día se levantan los edificios de La Equitativa y Telefónica.

 



El viejo le encaminaba al Café de España, su refugio favorito. Tenía la mesa al pie de los cuatro relojes que sustenta el ángel de la Fama en el centro del gran salón cuadrado, con sus enormes espejos de fantásticas perspectivas y sus dorados oscurecidos por el humo y la luz crepuscular que desciende por la alta linterna como una inmensa cripta.

Quienes llegaran a la estación del Norte o de San Francisco podían encontrar, caminando dos o tres minutos en dirección a la Catedral, el local que se menciona en la novela y que el propio Blasco Ibáñez frecuentaba con cierta asiduidad. El Café de España era un establecimiento donde el novelista compartía tertulia, descansaba de su ajetreo como redactor de El Correo de Valencia y director de La Bandera Federal o escribía cartas de apasionado sentimentalismo a su novia María.

El Café de España estaba situado en la bajada de San Francisco, en la plaza de Cajeros, y en la actualidad lo localizaríamos en el número 9 de la plaça del Ajuntament. En el mismo lugar donde había estado el colegio Valentino, el dueño del café, un rico aragonés, recurrió a las dotes artísticas de Antonio Cortina para embellecer un local
de esparcimiento en el que había también una sala de billares y un salón árabe concebido como réplica del patio de Embajadores de la Alhambra. En la ornamentación del Café de España colaborarían figuras como el tallista Juan Estellés y el escultor José Aixa.

En la misma plaza del Ayuntamiento, en el edificio consistorial, el Museo Histórico Municipal alberga auténticas reliquias del pasado de la ciudad, como por ejemplo el penó de la conquista, la espada del rey Jaime I o la real señera.


[El doctor Moreno] Iba a Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios.

Retrocediendo unos metros en la plaza del Ajuntament, seguimos por la calle de las Barcas hasta llegar al teatro Principal. Aunque en 1770 se le encomendó al arquitecto Felipe Fontana la realización de los planos para un edificio en estilo italiano, el inicio de las obras se demoró varios años, e incluso después de que, en 1804, Cristóbal Sales efectuara algunas
modificaciones en el proyecto inicial, la construcción se vio interrumpida por la Guerra de la Independencia. Sería en julio de 1832 cuando pudo inaugurarse el recinto teatral.

Al igual que el padre de Leonora, el doctor Moreno, Blasco Ibáñez era un apasionado de la ópera y cuando se lo permitían las circunstancias solía acudir a los estrenos que tenían lugar en el Principal. Iba con amigos o llevaba incluso a sus hijos a las representaciones nocturnas, opción que era considerada improcedente por algunos. Antes de ser padre de familia, parece ser que el novelista tuvo una aventura amorosa con la soprano rusa Nadina Bullicioff, que llegó a Valencia para inaugurar la temporada de ópera en el Principal a principios de noviembre de 1891. Posiblemente, el personaje de la Bullicioff le sirvió como modelo para la creación de la Leonora de Entre naranjos.



[Leonora y Rafael] Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una gran parte de la habitación de Leonora en el Hotel de Roma. […]
El antiguo hotel, con sus habitaciones grandes, de alto techo, sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual, le parecía un lugar de delicias, un ameno retiro, en el que se consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le habían oprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese viento exótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosa ocultación en aquel país tan calurosamente descrito por Leonora, desde los macarrones del almuerzo y el chianti en empajada y ventruda redoma, hasta el castellano defectuoso y musical de los dueños del hotel, carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los tradicionales mostachos de la casa de Saboya.
Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas, que, aislado de la circulación, ocupa todo un lado de una plaza solitaria, señorial y tranquila, sin más ruido que los gritos de los cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.

Cuando Leonora y Rafael se decidieron a huir de Alzira pensando gozar plenamente su pasión en algún país europeo, se alojaron en el Hotel de Roma antes de emprender su gran viaje. Hacia esa misma hostería discurre este itinerario, el cual nos lleva desde el teatro Principal, siguiendo por la calle Poeta Querol, hasta llegar a la esquina de la calle Marqués de Dos Aguas y la Raconada de Federico García Sànchiz. Allí se levanta el Hotel Inglés, que a finales del siglo XIX fue Hotel de Roma y antiguamente fue el antiguo palacio gótico de los Duques de Cardona.

En la novela, desde las habitaciones de este edificio Leonora disponía de una perspectiva magnífica a otros espacios bien conocidos o que ya han desaparecido.



[Leonora] encontraba en ella un recuerdo de las plazoletas de Florencia, rodeadas de mansiones señoriales cerradas e imponentes, con su pavimento de guijarros ardientes por el sol, entre los cuales crece la hierba y que despiertan de su modorra al paso tardo de una mujer, de un cura o de un viajero, repitiendo sus pisadas cuando ya están lejos.

Lo que a Leonora se le antojaba una plazoleta era la plaza de Villarrasa, espacio circundado por el palacio del Marqués de Dos Aguas, el Hotel de Roma y el palacio de los Condes de Nieulant (derribado a mediados del siglo XX), y que con el tiempo tuvo que abrirse para dar un mejor acceso a la calle de la Paz.



El joven [Rafael] andaba apresuradamente. Quería volver cuanto antes, y pasó con rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecían sus servicios frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococó.

Miraba los viejos caserones de la plaza, un ángulo del palacio de Dos Aguas, con sus tableros de estucado jaspe entre las molduras de follaje de los balcones.

El tercer escenario que cautiva la mirada de Leonora es el palacio del Marqués de dos Aguas, una construcción cuya fisonomía actual dista bastante de la que tuvo la antigua casa solariega de estilo gótico de los Rabassa de Perellós (marquesado de dos Aguas), levantada en el siglo XV. Tres siglos después, en la década de 1740, el edificio sufrió una reforma integral y se aplicó el estilo rococó en elementos como los ornatos que decoran la puerta principal, realizados en alabastro por Ignacio Vergara a partir del diseño de Hipólito Rovira. Tras una nueva remodelación a mediados del XIX, ya en 1954 el monumento se habilitó como Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias. En su interior alberga la magnífica colección de cerámica donada por Manuel González Martí, y deslumbra a los visitantes con lujosas carrozas del XVIII así como con suntuosos salones decimonónicos entre los que cabe citar el Salón Chino, la Sala de Porcelana o el Salón de Baile.



Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se apagaban los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además, tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta, regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas tardes en el tiro de palomo, donde era más conocido que en la Universidad.

Los sobresalientes y premios del colegio de Alcira continuaban en Valencia, y además don Ramón y su esposa se enteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo en la «Juventud jurídico-escolar», una reunión nocturna en un aula de la Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo temas tan originales como si «la Revolución francesa había sido buena o mala» o «El socialismo comparado con el cristianismo».

Tanto don Ramón Brull como su hijo Rafael cursaron con aprovechamiento dispar los estudios de Derecho en la Universidad de Valencia. Ficcionalmente pudieron estar en las mismas aulas que también pisó Blasco Ibáñez. El novelista había iniciado la licenciatura de Derecho Civil y Canónico en 1882, obteniendo la titulación en noviembre de 1888. Para él fue una época en la que ya empezaba a publicar sus primeros relatos y se significaba por su carácter reivindicativo, organizando por ejemplo una huelga estudiantil a finales de 1884 en favor de la libertad de cátedra.

Para llegar hasta la vieja Universidad o edificio del Estudi General, cruzando la calle Poeta Querol, nos adentramos por la de Libreros y, bordeando la plaza del Colegio del Patriarca, llegamos a la calle de la Nau. Allí tuvo su sede una de las universidades más antiguas de España, pues, fundada en 1499, el Estudi General se inauguró en octubre de 1502. En ella fueron alumnos u oficiaron como profesores personajes de la talla del filósofo Luis Vives, el botánico Cavanilles o humanistas y eruditos de la talla de Honorato Juan y Mayans. Pero la historia del edificio estuvo marcada asimismo por episodios lastimosos. Durante el asedio napoleónico a la ciudad, en 1812, se produjo un incendio del que únicamente se salvaron el Paraninfo y la Capilla, siendo a partir de 1840 cuando empezaron las obras de reconstrucción del recinto universitario.

Blasco Ibáñez se esforzó por convertir los casinos republicanos en elemento fundamental en la organización de su partido político. Precisamente, en el Centro de Fusión Republicana de la calle Libreros se materializaría su proyecto de la Universidad Popular, expuesto en El Pueblo, el 11 de enero de 1903.


Cabizbajo, aterrado por la imagen de aquella escena después de su huida, Rafael no sabía por dónde marchaban. Le sorprendió de pronto un perfume de flores. Atravesaban un jardín, y al levantar la cabeza vio brillando al sol la arrogante figura del conquistador de Valencia sobre su nervudo caballo de guerra.

Don Andrés ha llegado a Valencia para convencer a Rafael Brull para que no se marche con su amada Leonora, porque eso sería un gran desprestigio para la familia. Mientras el protagonista de la novela está confundido por tal argumento, su deambular por la ciudad los conduce hasta el Parterre. En nuestro itinerario accederemos a estos jardines, construidos hacia 1850, por la calle de La Nau.

El Parterre ocupa el centro de la plaza de Alfons el Magnànim y, sin embargo, la figura que se levanta sobre el alto pedestal es la del rey Jaume I el Conqueridor. Se trata de una estatua ecuestre, modelada al estilo del romanticismo historicista, en la que la actitud del monarca guiando a su ejército atrae la atención del personaje novelesco y de todos aquellos que la contemplan. Al fin y al cabo esa era la intención con que se promovió el proyecto de esculpir la imagen: conmemorar el sexto centenario de la muerte del rey, en 1276. No obstante, la realización de la escultura, después de ser encomendada a Agapito Vallmitjana, se demoró varios años por falta de recursos económicos para sufragarla. Colocada en su lugar en julio de 1891, en su elaboración se fundieron cinco cañones y un obús que se hallaban en el castillo de Peñíscola.



Pasaban un puente. Abajo, en el seco cauce, se destacaban las manchas rojas y azules de un grupo de soldados y sonaba el redoble de los tambores como el zumbido de una enorme colmena.

Prosiguiendo con su arbitrario paseo, Rafael y don Andrés dejaban atrás los jardines del Parterre y, doblando por la calle de La Paz (antigua de Peris y Valero), recorrerían la plaza de Tetuán hasta dar con el Puente del Real.

Este viaducto sería una de las salidas del recinto amurallado de la ciudad.
Por ello, antiguamente también fue denominado puente del Temple por su cercanía a la torre y puerta del mismo nombre (previamente de Bab-el Shadchar, donde en la actualidad se sitúan la iglesia y el palacio del Temple). No obstante, se perpetuó la denominación “del Real” por poner en contacto la ciudad con el Palacio del mismo nombre.

El puente de piedra que hoy conocemos se terminó de construir a un ritmo acelerado, en 1598, después de que los antiguos de madera y otros materiales no hubieran podido resistir las embestidas de sucesivas riadas o de que, como ocurrió en 1528, el peso de la gran cantidad de gente que acudió a recibir al rey Carlos I provocara su derrumbe.

El del Real tiene diez arcos y está adornado con dos casalicios con las esculturas de San Vicente Ferrer y San Vicente Mártir, realizadas a principios del siglo XVII por Vicent Leonart Esteve y que fueron sustituidas por otras idénticas al resultar severamente dañadas durante la Guerra Civil. Asimismo, en 1801, se levantó una puerta del Real de estilo neoclásico, derribada seis décadas después junto con las murallas, y de la que es una réplica la actual Puerta del Mar.

En nuestro paseo por la plaza de Tetuán pasamos junto al Museo del Palacio de Cervelló, residencia de personajes ilustres durante el siglo XIX y que acoge entre sus muros el Archivo Histórico Municipal.


Estaban bajo los árboles de la Alameda. Pasaban los carruajes formando una inmensa rueda en el centro del paseo, brillantes los arreos de los caballos y los faroles del pescante con el reflejo del sol, viéndose a través de las ventanillas los sombreros de las señoras y las blancas blondas de los niños.

El final del trayecto de Rafael y don Andrés desemboca en la Albereda, escenario que, como se indica en la novela, era del gusto de la burguesía y la nobleza valenciana para hacer gala de su posición paseando en vistosos “carruajes”. Pero la Albereda-Alameda es también un espacio que remite de inmediato a una Valencia desaparecida. En sus orígenes se conoció como el Prado, transformado en 1677 en paseo con tres hileras de álamos, y lo que era el camino para llegar desde el mar al Palacio Real había sido embellecido con nuevas mejoras a finales del XVII. Más allá de las reformas que se han realizado durante los siglos, hasta llegar a la del arquitecto Javier Goerlich en 1932, interesa subrayar cómo el atractivo de esta zona ubicada en la margen izquierda del Turia giraba en torno al Palacio Real.

Esta edificación, desparecida en 1810, fue en el siglo XI la quinta de recreo o
“rahal” de Abd Al-Aziz. Pero en él no solo se alojaron monarcas de la taifa valenciana. Con las sucesivas ampliaciones y reedificaciones residieron en él los reyes de la corona aragonesa, los virreyes o incluso fue recinto donde a finales del XV tuvo su sede la Inquisición (alcanzando su época de esplendor durante el reinado de Alfons el Magnànim). En esa misma centuria, siguiendo la moda medieval reconocible en diversas cortes europeas, en los jardines que rodeaban el palacio (jardines del Real o de Viveros) se había reunido una colección de animales exóticos.

Como colofón a la ruta, resulta de sumo interés la visita al Museo de Ciencias Naturales, ubicado en el marco incomparable de Viveros.