Datos básicos

Dificultad:

baja

Duración:

1 hora y media

Punto de partida:

Puente y torre de Serranos

Punto de llegada:

Calle de las Barcas, esquina Pascual y Genís o calle Guillem de Castro



Otra vez, siguiendo el movimiento de varios personajes de la novela blasquista desde Alboraya hasta la ciudad, se propone un recorrido que parte desde las torres de Serranos, fluye a continuación hasta la plaza de la Virgen y el Miguelete, y se adentra en la zona del Mercado Central. Desde allí se contemplan dos opciones en el itinerario: acceso al barrio de Velluters, con paradas en el Colegio Mayor de la Seda y el antiguo Hospital General, o recorrido hasta lo que fue el barrio de Pescadores.

Aunque el núcleo principal de la acción de La barraca transcurre en la huerta de Alboraya, los personajes se desplazan con cierta frecuencia a València, por lo que a partir de sus movimientos es posible trazar el siguiente itinerario por la ciudad, que se completa con algunos espacios estrechamente vinculados a la biografía de Vicente Blasco Ibáñez.


Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias, barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó a los arrabales de la ciudad y pasó el puente de Serranos.

En la novela, Batiste Borrull acude, desde Alboraya, a València tras la muerte de su viejo caballo Morrut. Para ello ha de cruzar un puente cuya denominación responde al hecho de que se trataba de la vía de acceso de las gentes llegadas a la ciudad desde la comarca interior de Los Serranos. El actual, construido entre 1518 y 1550 bajo la dirección del maestro de obras Juan Bautista Corbera, vino a sustituir a otro anterior que quedó destrozado por la riada de 1517. En este puente, de traza ojival, colaboró el escultor Joan Gilart con las imágenes incorporadas en dos casalicios que fueron destruidas, en 1809, durante la Guerra de la Independencia, para evitar que las tropas francesas establecieran una trinchera de ataque en el lugar.

Pero el puente no solo era vía de tránsito para viajeros y campesinos como Batiste y Pepeta. También se le daban, al menos, otros dos usos, como se dice en la novela:


1.1 Fielato

La avalancha de gente laboriosa que se dirigía a Valencia llenaba los puentes. Pepeta pasó entre los obreros de los arrabales que llegaban con el saquito del almuerzo pendiente del cuello, se detuvo en el fielato de consumos para tomar su resguardo —unas cuantas monedas que todos los días le dolían en el alma—, y se metió por las desiertas calles.

Cuando la mujer de Pimentó marchaba todas las mañanas a València con su vaca, la Rocha, a vender leche, debía hacer parada obligada en el fielato, una pequeña caseta que se situaba en lugares estratégicos de entrada de las ciudades, por ejemplo, en el puente de Serranos y en el puente del Mar. Allí los empleados cobraban impuestos municipales sobre el tráfico de mercancías (de ahí que estos establecimientos recibieran el nombre de fielatos de consumos, por el fiel o balanza usado en el pesaje de las mercancías) y también se procedía a un control sanitario de los alimentos que se introducían en la ciudad (con lo que a los fielatos se les denominaba también estaciones sanitarias).

1.2 Barberías al aire libre

[Batiste] tenía que visitar a los amos, los hijos de don Salvador, y pedirles a préstamo un piquillo para completar la cantidad que iba a costarle la compra de un rocín que sustituyese al Morrut. Y como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra, esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.

A la sombra de los altos plátanos funcionaban las peluquerías de la gente huertana, los barberos de «cara al sol». Un par de sillones con asiento de esparto y brazos pulidos por el uso, un anafe en el que hervía el puchero del agua, los paños de dudoso color y unas navajas melladas, que arañaban el duro cutis de los parroquianos con rascones espeluznantes, constituían toda la fortuna de estos establecimientos al aire libre.

Muchachos cerriles que aspiraban a ser mancebos en las barberías de la ciudad hacían allí sus primeras armas; y mientras se amaestraban infiriendo cortes o poblando las cabezas de trasquilones y peladuras, el amo daba conversación a los parroquianos sentados en el banco del paseo, o leía en alta voz un periódico a este auditorio, que con la quijada en ambas manos escuchaba impasible.

Entre finales del XIX y principios del XX, al final del puente de Serranos, en una rampa de piedra, «entre dos jardines», frente a las torres, se concentraban estos barberos con una clientela humilde de los que habla Blasco Ibáñez.

1.3 Torres

Frente a las ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales, sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste.

Construidas entre 1392 y 1398, las torres de Serranos sirvieron como baluarte defensivo de una de las doce puertas que custodiaban la antigua muralla de la ciudad. Esta construcción almenada tiene una parte anterior cuadrada y las esquinas cortadas por dos lados. Su parte posterior es plana y se levanta en tres plantas con arcos apuntados. Dada su majestuosa estructura, se le dio un uso conmemorativo, como en las entradas oficiales de reyes, aunque en 1586 también desempeñó el papel de recinto carcelario.

A escasos trescientos metros de Serranos, en la C/ Blanqueries, se halla la Casa Museo Benlliure, cuyo dueño fue gran amigo de Blasco Ibáñez e ilustró la edición de La barraca de 1929.



2.1 Portada de los Apóstoles

El Tribunal de las Aguas iba a reunirse en la puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia. […]

La puerta de los Apóstoles, vieja, rojiza, carcomida por los siglos, extendiendo sus roídas bellezas a la luz del sol, formaba un fondo digno del antiguo tribunal: era como un dosel de piedra fabricado para cobijar una institución de cinco siglos.

En el tímpano aparecía la Virgen con seis ángeles de rígidas albas y alas de menudo plumaje, mofletudos, con llameante tupé y pesados tirabuzones, tocando violas y flautas, caramillos y tambores. Corrían por los tres arcos superpuestos de la portada tres guirnaldas de figurillas, ángeles, reyes y santos, cobijándose en calados doseletes. Sobre robustos pedestales exhibíanse los doce apóstoles; pero tan desfigurados, tan maltrechos, que no los hubiera conocido Jesús: los pies roídos, las narices rotas, las manos cortadas; una fila de figurones, que más que apóstoles parecían enfermos escapados de una clínica mostrando dolorosamente sus informes muñones. Arriba, al final de la portada, abríase, como gigantesca flor cubierta de alambrado, el rosetón de colores que daba luz a la iglesia, y en la parte baja, en la base de las columnas adornadas con escudos de Aragón, la piedra estaba gastada, las aristas y los follajes borrosos por el frote de innumerables generaciones.

Desde las torres de Serranos, nos dirigimos por las calles Comte de Trénor y Navellos, hasta llegar a la plaza de la Virgen. Allí podemos detenernos frente a la puerta de los Apóstoles de la Catedral, telón de fondo singular para las reuniones del jueves del Tribunal de las Aguas. Recuérdese que el protagonista de La barraca fue convocado por este “juzgado popular”, al ser falsamente acusado por Pimentó de haber regado sus campos sin respetar su turno.

En franco contraste con la puerta del Palau o de la Almoina, de estilo románico, la de los Apóstoles muestra una clara factura gótica. Se realizó a principios del siglo XIV, pero no se han encontrado documentos que acrediten la fecha exacta ni la autoría del conjunto escultórico, así como tampoco es posible concretar el grado de intervención en la portada del maestro de obras de la catedral, Nicolás de Ancona (o Autun).

2.2 Miguelete

El reloj de la torre llamada el Miguelete señalaba poco más de las diez.

Al igual que los personajes de La barraca, cualquier persona que asista a las deliberaciones del Tribunal de las Aguas puede advertir fácilmente la silueta del famoso Micalet, campanario octogonal gótico que se construyó entre 1381 y 1429. Con 51 metros de altura hasta la terraza, se asciende en él por una escalera de caracol de 207 escalones.

Hubo un tiempo en que esta edificación formaba parte de un sistema de torres distribuidas por el litoral mediterráneo y desde las cuales se alertaba del ataque inminente de piratas berberiscos. Por la noche, con una hoguera (la fumada) se indicaba que no había novedades, pero con dos hogueras se avisaba de un peligro próximo, mientras que se proclamaba el desembarco enemigo arrojando la hoguera desde lo alto de la torre.

Detrás de la basílica de la Virgen, podemos realizar un interesante
viaje al pasado, visitando el Museo Arqueológico de
l’Almoina o, ya en la plaza del Arzobispo, la Cripta de la Prisión de San Vicente y el Museo de la Ciudad, con piezas de enorme valor artístico.


Al amanecer ya estaba [Pepeta] de vuelta del Mercado. Levantábase a las tres, cargaba con los cestones de verduras cogidas por Toni al cerrar la noche anterior entre reniegos y votos contra una pícara vida en la que tanto hay que trabajar.

En su primera visita diaria a la ciudad, el lugar hacia el que se desplazaba la mujer de Pimentó no sería en ningún caso el actual Mercado Central, inaugurado en 1928. Más bien, las marcas temporales de la ficción hacen presumir que Pepeta llegaría a conocer ya el Mercado Nuevo o de Los Pórticos, inaugurado en 1839 y situado también en una plaza donde figuran edificios emblemáticos de la ciudad como la Lonja y la iglesia de los Santos Juanes.

A lo largo de los siglos esta plaza ha sido auténtico centro neurálgico de la vida valenciana. En ella han tenido lugar actividades de muy diferente calado: torneos caballerescos, pregones, mítines, corridas de toros (hasta 1743) e incluso ejecuciones públicas, llegando a haber instalada una horca en mitad de la plaza.



Fábrica de seda

En el camino [Roseta] huía de todas ellas como de un tropel de furias, y únicamente sentíase tranquila al verse dentro de la fábrica, un caserón antiguo cerca del Mercado, cuya fachada, pintada al fresco en el siglo xviii, todavía conservaba entre desconchaduras y grietas ciertos grupos de piernas de color rosa y caras de perfil bronceado, restos de medallones y pinturas mitológicas.

Para ayudar al sostenimiento de la economía familiar, la hija de los Borrull marcha diariamente a la ciudad para trabajar. Su desplazamiento permite desglosar la ruta en dos itinerarios alternativos. El primero de ellos, tras rodear el Mercado Central en busca de la avenida del Oeste hasta dar con la calle del Hospital, permite un acercamiento al barrio de Velluters, allí donde ubicaron sus viviendas y talleres los artesanos de la seda. En València, esta labor alcanzó un auge inusitado, hasta el extremo de que se asegura que en la segunda mitad del siglo XVIII existían más de tres mil telares que daban trabajo a miles de personas.

En la calle del Hospital puede visitarse el rehabilitado Museo y Colegio del Arte Mayor de la Seda, edificio gótico del XV en cuyo interior pueden contemplarse hermosos frescos y murales.

Antiguo Hospital General

Las hijas [de Barret], una tras otra, fueron abandonando las familias que las habían recogido, trasladándose a Valencia para ganarse el pan como criadas; y la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marchó al Hospital, muriendo al poco tiempo.

En la misma calle del Hospital estaban las dos entradas de lo que en sus orígenes, principios del siglo XV, fue el Hospital dels Folls o de los locos. Con el paso del tiempo, el primitivo manicomio se fue ampliando con diversas instalaciones (enfermería, farmacia, iglesia, etc.) hasta que en 1885 se agregó la facultad de Medicina. En esta institución eran socorridas personas pobres y necesitadas como lo fue en La barraca la esposa del tío Barret.

Desde la calle Guillem de Castro en dirección a la plaza de San Agustín, pasamos por delante de donde estuvo el antiguo convento de San Agustín, convertido en penal desde mediados del XIX hasta la primera década del XX.



A las ocho, después de servir a todos sus clientes, Pepeta se vio cerca del barrio de Pescadores.

Como también encontraba en él despacho, la pobre huertana se metió valerosamente en los sucios callejones, que parecían muertos a aquella hora. Siempre al entrar sentía cierto desasosiego, una repugnancia instintiva de estómago delicado […].

De las cerradas y silenciosas casas salía el hálito de la crápula barata, ruidosa y sin disfraz: un olor de carne adobada y putrefacta, de vino y de sudor. Por las rendijas de las puertas parecía escapar la respiración entrecortada y brutal del sueño aplastante después de una noche de caricias de fiera y caprichos amorosos de borracho.

Si la peregrinación de Pepeta con la Rocha tuviese lugar en la actualidad, podría bajar desde el Mercado Central por la avenida Maria Cristina y la calle San Vicente hasta la plaza del Ayuntamiento, torciendo hacia la izquierda para entrar en la calle de las Barcas, una de las vías que junto a las calles Lauria y Pascual y Genís, y la plaza del Ayuntamiento marcaba los límites del antiguo barrio de Pescadores. Se trataba de una zona en la que se instalaron calafates y gente que vivía de la pesca, pues en ella gozaban de unas mejores condiciones de vida que en las proximidades del mar y, además, podían acceder fácilmente a Ruzafa, conectada a través de sus canales con la Albufera. En este barrio se construían las barcas que luego surcarían las aguas; sin embargo, la atmósfera de tranquila laboriosidad se vio sustituida por otra muy distinta cuando proliferaron en el lugar las tabernas, cafetines y prostíbulos. Es precisamente el ambiente de corrupción que tanto asusta a Pepeta y que también alarmaba a las autoridades, dado que eran frecuentes los escándalos, reyertas y crímenes.

En el número 14 de la calle Don Juan de Austria, Blasco Ibáñez instaló en 1894 su domicilio y la redacción del diario El Pueblo, por lo que conocía muy bien el barrio de Pescadores.