Datos básicos

Dificultad:

baja

Duración:

Entre 1 hora y media y 2 horas

Punto de partida:

Puente de San José

Punto de llegada:

La Lonja



El segundo itinerario nos puede llevar desde el puente de San José a los lugares donde estuvo ubicada la capilla del gremi dels blanquers, frente a las Alameditas de Serranos. Acto seguido, se accederá al palau de la Generalitat, donde siglos atrás estuvo la Real Audiencia, y bordeando el Miguelete se recorrerá la antigua zona de las platerías para desembocar en la plaza del Mercado y terminar el recorrido junto a la Lonja.


Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.

En este segundo itinerario, llegaremos hasta el centro histórico de la ciudad, partiendo desde el oeste y cruzando el cauce del Turia a través del mismo puente por el que discurría el roder que protagonizaba el truculento relato, ya citado, de «Guapeza valenciana». El puente de San José ha conocido varias denominaciones a lo largo del tiempo. Construido a lo largo del siglo XIV con estructura de madera, se le conoció como Palanca del Cremador por su proximidad a un antiguo crematorio. La riada de 1517 le dañó gravemente, por lo que hubo que buscar como solución el empleo de sillería. Entre 1604 y 1607, Jerónimo Negret y Sebastián Gurrea dirigieron la construcción del puente de piedra, que pasaría a reconocerse también como Puente Nuevo, de la Santa Cruz o de la Zaidía, aunque la denominación que ha perdurado es la San José, nombre tomado de su cercanía al convento de San José y Santa Teresa, y al portal de San José destruido cuando las murallas de la ciudad en 1868.

En la Casa Museo Benlliure, de titularidad municipal, es posible recorrer las diversas estancias de la residencia del pintor, pero también su estudio y su jardín, así como admirar sus obras o las de sus hermanos y su hijo Peppino Benlliure.


Apenas se reunió la junta del respetable gremio de los blanquers en su capilla, inmediata a las torres de Serranos

Ya en la calle de Blanquerías, pocos metros después de rebasar el edificio donde se halla ubicada la Casa Museo Benlliure, es donde se levantaba la capilla mencionada por Blasco Ibáñez en el cuento «El último león». Más concretamente, ocupaba el número 22 de lo que fue antaño la calle Muro de Serrans. Este espacio ya desaparecido nos sirve para evocar dos motivos: uno, el del viejo oficio de blanquer, consistente en el curtido y tintado de pieles. Su emplazamiento cerca de la acequia de Rovella, se debe al hecho de que este trabajo necesitaba del uso de agua y, además, el empleo de sustancias con un olor muy fuerte aconsejaba situar la actividad en el extrarradio de la ciudad. De ahí que se hayan encontrado canalizaciones y balsas circulares que discurren próximas a la muralla.

En segundo lugar, el gremio de los blanquers y sus símbolos distintivos poseen un sabor legendario, como nos demuestra el cuento citado. Según se cuenta, tras el robo de la custodia de Torreblanca por los moros de Tredeliz, en la última década del s. xiv, los blanquers tuvieron una intervención decisiva en el rescate de la Sagrada Eucaristía en manos de los piratas berberiscos. El auxilio obtenido por un milagroso león justifica la aparición de esta criatura tanto en la bandera gremial como en el óleo anónimo Retablo del gremi dels blanquers (1600).

El Retablo del gremi dels blanquers se exhibe, en la actualidad, en el Museo de la Ciudad, atractiva galería donde, además de las pinturas de artistas valencianos, es posible admirar esculturas, grabados y otras piezas relevantes en la historia de Valencia.


En pleno invierno salía de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y clase había de devorar en las alamedas de Serranos; medio pan moreno con algo más que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el pecho, a guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos latinos y teológicos que bailoteaban a su espalda como movible joroba.

Justo enfrente de la sede de los blanquers, se extienden las alamedas de Serranos de las que se habla en el cuento «Noche de bodas», a propósito del recorrido que realizaba Visantet desde la huerta al Seminario. Este futuro sacerdote, que en el relato siente una atroz insatisfacción vital al ver casada a Toneta, su amiga de la infancia, comía en los jardines que diseñaron Cristóbal Sales y Francisco Ferrer, y que están situados entre los puentes de San José y de la Trinidad, prolongándose en el margen derecho del Turia, entre las antiguas murallas cristianas y el pretil del río. Conocidos como alameditas de Serranos por su tamaño pequeño, desde 1832, en estos jardines alargados y estrechos es posible admirar diversas esculturas dedicadas, entre otros, a personajes de la talla de Federico Mistral, José Benlliure o Azorín.

Al igual que el personaje del cuento citado, Blasco Ibáñez volvería a evocar este espacio recoleto en la novela Arroz y tartana, en un momento en que la percepción del entorno adquiere tintes oníricos.

Las torres de Serranos, una de las puertas de la muralla cristiana, fueron construidas entre 1392 y 1398 por el maestro Pere Balaguer. Esta construcción almenada forma parte de la red municipal de museos y monumentos.


Los autos y Pillín le absorbían, y por las ma­ñanas tenía que hacer un penoso esfuerzo para entregar el niño a la mamá y marcharse a la Audiencia… ¡Qué ministros los de Justicia! De seguro que no eran padres. Porque vamos a ver: ¿qué perdería la ma­gistratura con que él llevase a Pillín a la Sala, sentándolo a su lado para que presenciara los triunfos del papá?

Prosiguiendo nuestro itinerario, pasaremos bajo las imponentes Torres de Serranos para transitar por la calle dels Serrans hasta dar con la plaza de Manises. Nos estamos dirigiendo hasta el edificio que antaño albergó la Audiencia. Allí trabajaba, en el conmovedor relato «La caperuza», el fiscal Andrés García, personaje cuya rutina se vería sacudida tras el destino que le aguardaba a su amado hijo Pillín. Como ministro de la justicia se desplazaba a la Real Audiencia territorial, ubicada durante más de un siglo en el Palacio de la Generalitat. Curiosamente, el padre de Blasco Ibáñez, don Gaspar, deseaba ver a su hijo desempeñándose como abogado en el mismo edificio, el que fue sede de la Diputación General del Reino de Valencia hasta que fueron derogados els Furs a principios del XVIII. Sin embargo, nuestro novelista apenas llegó a ejercer como letrado, pues la política, el periodismo y la literatura le atraían mucho más.

El Palacio de la Generalitat empezó a construirse en 1421 y se vio ampliado en el siglo XVI, de ahí que, arquitectónicamente, tenga elementos pertenecientes a distintos estilos artísticos: gótico, renacentista y herreriano. Además, cuando la Real Audiencia se trasladó allí desde el Palacio del Real, en 1751, hubo que adaptar el espacio para su nueva misión, interviniendo como maestro de obras Vicente Clemente, y algunas décadas después, hacia 1830, tuvo que ser contratado el arquitecto Calatayud para practicar diversas reformas más ante el estado ruinoso de una parte del edificio.

En 1922 la Diputación Provincial vino a ocupar las instalaciones de la Audiencia. En la actualidad, más allá de sus funciones institucionales, el Palacio de la Generalitat conserva en su interior elementos artísticos valiosos, desde su escalera gótica, pasando por los techos de talla policromada del Salón Dorado y llegando a los frescos de la Sala Nova del Torreón.



Allí estaba como prueba la capilla gremial, y en ella el farol de popa de la nave, que los maliciosos sin conciencia afirmaban que era de muchos siglos después, y los atabales del gremio, y la gloriosa bandera, y las pieles apolilladas del león de los blanquers, en las que se habían enfundado todos sus antecesores, olvidadas ahora detrás del altar, bajo las telarañas y el polvo, pero que no por esto dejaban de ser tan respetables y verídicas como los sillares del Miguelete.

Saliendo de la calle dels Cavallers, llegamos a uno de los enclaves más concurridos de la ciudad: la plaza de la Verge, donde podremos admirar la Basílica de la Virgen de los Desamparados y la Catedral. Precisamente, adosado a este último monumento religioso, se halla la famosa torre a la que aludía Blasco Ibáñez en el cuento «El último león».

El Micalet, denominado con este nombre porque es así como se llama la campana que marca las horas y fue bautizada el día de San Miguel Arcángel, es una torre campanario, octogonal gótico, que se construyó entre 1381 y 1429. Con 51 metros de altura hasta la terraza, se asciende en él por una escalera de caracol de 207 escalones.

Hubo un tiempo en que esta edificación formaba parte de un sistema de torres distribuidas por el litoral mediterráneo y desde las cuales se alertaba del ataque inminente de piratas berberiscos. Por la noche, con una hoguera (la fumada) se indicaba que no había novedades, pero con dos hogueras se avisaba de un peligro próximo, mientras que se proclamaba el desembarco enemigo arrojando la hoguera desde lo alto de la torre.



Y como digno final a aquella exposición, en lugar preferente, ostentábanse las joyas chispeando sobre la almohadilla granate de los estuches: las uvas de perlas para las orejas, los alfileres de pecho con sus complicados colgajos, las grandes horquillas de oro para los caracoles de las sienes, las tres agujas con cabezas de apretadas perlas que habían de atravesar el airoso rodete, y aquel aderezo, famoso en Beni-muslim, que la siñá Tomasa había comprado en catorce onzas en la calle de las Platerías.

Transitaremos, a continuación, desde la plaza de la Reina hasta la iglesia de Santa Catalina, para entrar de lleno en un espacio urbano eminentemente comercial y turístico. Nos guía para ello el cuento «La cencerrada», donde se relatan los efectos que desencadena la boda de Marieta y, antes de llegar a ese punto, el narrador describe el vistoso ajuar y las joyas de la dote de la novia. Para su adquisición, la «siñá Tomasa» acudió a la «calle de las Platerías».

En realidad, el autor debía estar refiriéndose a una zona, ubicada entre las calles Martín Mengod y Derechos y la plaza Lope de Vega, en la que se instalaron populares establecimientos de joyeros hasta que se desplazó a otros lugares de la ciudad el centro neurálgico de la vida comercial. Blasco Ibáñez, nacido en la calle de la Jabonería Nueva (hoy, esquina de la calle Editor Manuel Aguilar con la avenida del Oeste), conocía sobradamente el trajín de mercancías de diversa naturaleza que se vendían tanto en la zona de Argentería o de las Platerías, como en la inmediata Plaza Redonda o el mismo mercado Nuevo.



La Albufera, inmensa laguna casi confundida con el mar, llegaba hasta las murallas; la huerta era una enmarañada marjal de juncos y cañas que aguardaba en salvaje calma la llegada de los árabes que la cruzasen de acequias grandes y pequeñas, formando la maravillosa red que transmite la sangre de la fecundidad; y donde hoy es el Mercado extendíase el río, amplio, lento, confundiendo y perdiendo su corriente en las aguas muertas y cenagosas.

La última etapa de este trayecto desemboca en la plaza del Mercat, lugar que sirve de testimonio perfecto para destacar las profundas transformaciones experimentadas por la zona, y en general la ciudad. En «El dragón del Patriarca» hace referencia el narrador a la proximidad del Turia a esta plaza. Pero, asimismo, podemos enumerar los diversos usos que ha tenido a lo largo de los siglos este núcleo vital de la urbe valenciana. Allí se celebraron torneos caballerescos, corridas de toros (hasta 1743), pero también pregones, mítines, e incluso ejecuciones públicas, llegando a haber instalada una horca en mitad de la plaza.

El actual Mercado Central, inaugurado en 1928, vino a sustituir al Mercado Nuevo o de Los Pórticos, cuya inauguración data de 1839, respondiendo a la necesidad de abandonar progresivamente la venta al aire libre de los más diferentes productos comestibles.
En este entorno privilegiado sobresalen también otras espléndidas edificaciones como la iglesia de los Santos Juanes, donde fue bautizado Blasco Ibáñez, y la Lonja.

Casa natalicia de Blasco Ibáñez, en el número 8 de la calle Jabonería Nueva.


Su león era una gloria tan respetable como la Lonja de la Seda.

Recordemos que, en «El último león», el narrador magnifica la Lonja. En efecto, el edificio resulta una «gloria» muy respetable que preside la plaza del Mercat. Precisamente, su majestuosidad y artificio, que la convierten en destacado ejemplo de la arquitectura gótica civil, permiten ilustrar además la pujanza comercial y económica de Valencia del siglo XV. Fue ese el motivo que llevó al Consell General de la Ciutat a tomar, en 1469, la decisión de construir un edificio que viniera a reemplazar la antigua Llotja de l’Oli, ubicada en la plaza del doctor Collado. Era necesario contar con unas instalaciones adecuadas para acoger transacciones comerciales, sobre todo las sederas, así como para alojar el Consolat del Mar y la Taula de Canvis i Deposits. Es por eso que el edificio también fuera conocido como Lonja de la Seda o de los Mercaderes.

Su construcción se inició el mes de febrero de 1483, siendo Pere Compte (quien ya se había encargado del remate de la prolongación de la Catedral) uno de los maestros canteros principales en realizar una tarea que, en lo esencial, se vio terminada en unos quince años. Tiempo breve si se considera la belleza del conjunto monumental que cuenta, junto con el patio de los naranjos, con tres magníficas partes. Por un lado, el Pabellón del Consolat del Mar y el Torreón; luego, el Salón Columnario o Sala de Contrataciones, donde se instaló la Taula de Canvis y se distingue como espacio admirable en el que ocho columnas helicoidales, de 16 metros, se abren cual palmeras hasta formar quince bóvedas de crucería.

Entre los elementos arquitectónicos y artísticos que llaman nuestra atención, cabe aludir a las veintiocho gárgolas situadas en la parte superior del edificio o los cuarenta medallones de factura renacentista que, como un friso, figuran en el piso superior de la fachada del Pabellón del Consolat.
Merecidamente declarada por la UNESCO, en 1996, como Patrimonio de la Humanidad, la Lonja es actualmente museo municipal y destaca como uno de los lugares emblemáticos de la ciudad.