Datos básicos

Dificultad:

baja

Duración:

Entre 1 hora y media y 2 horas

Punto de partida:

Plaza de Toros

Punto de llegada:

Casa natal de San Vicente Ferrer



La primera ruta de Cuentos de Blasco Ibañez permite redescubrir espacios existentes como la plaza de toros y otros ya desaparecidos como la puerta de San Vicente y el penal de San Agustín, incluso otros en los solares del cual hay edificaciones con usos muy diferentes, caso de la prisión de Sant Gregori. Desde allí, y siguiendo la calle de las Barcas, llegaremos hasta la iglesia del Patriarca para dar finalmente con el Pouet de San Vicente.


Un domingo de julio sofocante; una tarde en que las calles de Valencia parecían desiertas, bajo el sol ardoroso y un viento de hoguera que venía de las tostadas llanuras del interior. Toda la gente estaba en la corrida de toros o en las orillas del mar.

En este itinerario, llegaremos al centro histórico de la ciudad partiendo desde el sur. Como referente nos sirve el cuento «Un hallazgo», en el cual el reo Magdalena, después de salir de la prisión, es “reclutado” por el feroz Chamorra para cometer un robo, aprovechando que los amos de la vivienda podrían estar asistiendo a una corrida de toros. Estarían, pues, en la calle Xàtiva, lugar que abrió sus puertas por primera vez al espectáculo taurino el 22 de junio de 1859. Hasta entonces los aficionados en la fiesta habían tenido que acudir en la plaza del Mercado o a otras plazas de la ciudad donde se levantaban construcciones desmontables. Pero por iniciativa del gobernador Melchor Ordóñez, en 1850 empezó a construirse la plaza actual, según el proyecto de Sebastián Monleón Estellés, en el lugar donde previamente había habido otro sin acabar de construir.

Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional en la década de los 80, el edificio está inspirado en el anfiteatro de Nimes, y su factura neoclásica se complementa con el estilo neomudéjar reconocible en la baldosa cara vista usada para realizar los 384 arcos (escarzanos en la planta baja, y de medio punto en los tres pisos superiores) que se abren en su fachada.

Blasco Ibáñez acudió como espectador a los graderíos de la plaza de toros en pocas ocasiones. A lo largo de su vida mantuvo una actitud ambigua hacia la tradición taurina, aunque las pinceladas con que describe este espectáculo en la novela Sangre y arena no le representan ni mucho menos como un aficionado entusiasta.



En la puerta de San Vicente se animó viendo caras amigas; fematers de categoría superior, dueños de una jaca vieja para cargar el estiércol y sin otra fatiga que tirar del ramal, gritando por las calles el famoso pregón: «Ama, hi ha fem?»

Por la misma calle Xàtiva, proseguimos hacia el oeste, hasta cruzarnos en la ruta que supuestamente seguía el protagonista del cuento «El femater». Recordamos que, siendo muy niño, Nelet era enviado a la ciudad para recoger basura y contribuir, de esa manera, a la supervivencia familiar. Procedía de la huerta del sur de Valencia, y en su avance tenía que toparse con la puerta de San Vicente. Situada frente a la iglesia de San Agustín, la que hoy es la plaza del mismo nombre, era una de las doce puertas (de los cuatro portales grandes) que se abrían en la vieja muralla cristiana de la ciudad. Esto es, entre 1356 y 1370, manteniéndose como protección la primitiva muralla islámica, se construyó otra fortificación (con un perímetro de 4 km) que incorporara los nuevos arrabales y las puertas de los cuales permitían una mejor comunicación. La de San Vicente se configuraba como un torreón con puerta dintelada que fue derruido en 1830. La vendría a sustituir otra con tres vacíos, sobre la cual se colocaron las esculturas de San Vicente Mártir y San Vicente Ferrer, orientadas en dirección inversa y realizadas por el artista de origen francés Carlos José Cloostermans.



Salían a conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por voluntad o por fuerza: el tío Tripa, que había muerto hecho un santo después de una vida de trueno; los Donsainers, huidos a Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor cuantía que estaba en San Agustín o San Miguel de los Reyes, inocentones que se echaron a valientes sin contar antes con buenos protectores.

En las inmediaciones de la plaza de San Agustín, más concretamente junto a la iglesia del mismo nombre y el solar del edificio de Hacienda (calle Guillem de Castro), se asentaba otro espacio, ya desaparecido (se demolió en 1904), que se menciona en el cuento «Guapeza valenciana». Los hermanos Bandullo y Pepet, tras decidir firmar las paces, marchan a compartir una paella en una alquería del camino de Burjassot. Les acompañan otros “guapos” y “valientes”, aunque todos lamentan la ausencia de otros colegas de profesión que han terminado en presidio. Esa era la función que desempeñó durante una época el monasterio de San Miguel de los Reyes, actual sede de la Biblioteca Valenciana, y también acabó teniendo un edificio religioso como el convento de San Agustín.

Fue construido durante el siglo XIV, y tenía dos claustros, lo que denota sus grandes dimensiones. Pero, a consecuencia de la desamortización de Mendizábal, se convirtió en penal, siendo los propios reos quienes se ocuparían de su reforma, pues en 1812 fue utilizado como cuartel por las tropas napoleónicas y las instalaciones se hallaban bastante deterioradas. La escasa altura de sus muros exteriores y las escasas condiciones de seguridad, que propiciaban las fugas repetidas de los presos, aconsejaban su venta para construir un nuevo recinto carcelario. Sin embargo, tras su demolición, en el espacio que ocupaba se instaló el primer mercado de abastos de la ciudad.



Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del Cubano. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían a estilo de caballero andante por la fuerza de su brazo, los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban a tiros o cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo a sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van a sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos, a la puerta, señalando con el dedo a los más conocidos.

Otra vez el cuento «Guapeza valenciana» nos sirve para transitar desde la plaza de San Agustín a la avenida del Oeste. Apenas penetramos en ella, en la esquina de las calles Nuestra Señora de Gracia y del Grabador Selma, damos con el lugar donde estuvo ubicado ese cafetín al que alude el narrador y que por la naturaleza de sus clientes no debía ser un establecimiento de muy buena reputación. Este local de bebidas ya desaparecido estaba abierto años antes de su reforma en 1903, año en que se anunciaba en El Pueblo, destacando el precio económico de sus licores y, en especial, la calidad de sus botellas de absenta y vermut. En septiembre de 1907, sin embargo, en el mismo diario se publicitaba el traspaso del negocio.



Durante el día, con el bélico instrumento colgando de su cuello o acariciándolo con una punta de la blu­sa para que perdiese el vaho con que lo empañaba la humedad de la cárcel, iba por todo el edificio, antiguo convento en cuyos refectorios, graneros y desvanes amontonábase con sudorosa confusión cerca de un millar de hombres.

Conectando con la calle San Vicente Mártir, en dirección norte llegaremos al lugar donde actualmente se levanta uno de los teatros más populares de la ciudad. Por azares del destino, en el solar que ocupa el Olympia estaba ubicado un penal donde Blasco Ibáñez estuvo encarcelado en varias ocasiones por sus artículos y campañas periodísticas contra el régimen de la Restauración. Es cierto que dentro del recinto su situación era mucho mejor que la que padecía el reo Magdalena en el cuento «Un hallazgo», pero sus impresiones sobre el estado de San Gregorio se ajustaban a la realidad.

Tras la desamortización de Mendizábal se convirtió en prisión un edificio que había tenido una larga historia. Sus orígenes están vinculados con el intento de sacar de la calle a las «mujeres públicas pecadoras» (s. xiv). A mediados del xvi dichas mujeres eran conducidas en determinadas festividades hasta la Casa de Arrepentidas, con una finalidad caritativa y tendente a fomentar su reinserción. Pero conforme se fueron imponiendo las doctrinas de la Contrarreforma, la Casa se transformó en convento (1601), ofreciendo a las arrepentidas la opción de dedicarse a la vida religiosa.

El convento-penal de San Gregorio se derribó en el año 1911, coincidiendo con la inauguración de la Cárcel modelo. En su lugar, anunciaba la prensa de la época, «está proyectado construir una manzana de casas modernas para revitalizar esta céntrica zona. Igualmente se piensa edificar un teatro que será bautizado con el nombre de Olympia» (Las Provincias).

Al transitar por la plaza del Ajuntament, no podemos perder la ocasión de visitar en el mismo edificio consistorial el Museo Histórico Municipal, donde se exhiben valiosas piezas del patrimonio histórico y artístico de la ciudad.


Bien decía [Pepet] el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos. No había más que verle a las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

A pocos metros de distancia de la calle San Vicente, se halla la plaza del Ajuntament, que cruzaremos para llegar a la calle de las Barcas. Hubo un tiempo en que, si no se tenía la valentía de personajes como el “guapo” Pepet, del cuento «Guapeza valenciana», podía ser peligroso transitar por dicha vía. Era una calle que lindaba con el antiguo barrio de Pescadores, zona donde antaño se instaló la gente que vivía de la pesca y los calafates, pero que progresivamente se fue transformando en un lugar donde se ubicaron cafetines, tabernas y prostíbulos, y con ello empezaron a ser frecuentes las peleas, escándalos y crímenes, hasta que, en 1907, se procedió a la demolición del barrio y su reordenación urbana.

Esta calle, también conocida en otro tiempo como de Vall Cubert (al pasar por allí una acequia que transportaba las aguas residuales de la ciudad: el Valladar), era más larga que en la actualidad: arrancaba en la plaza del Ajuntament y se remontaba hasta las proximidades de la plaza de Alfons el Magnànim.

En el número 30 de esta vía se hallaba la librería de viejo de Francisco Sempere, quien fue amigo y socio editorial de Blasco Ibáñez. Casi inmediato a dicho establecimiento, estaba el Café Español o de Iborra, en la esquina de la calle de las Barcas y Pascual y Genís, lugar desde el que un grupo de seguidores de Rodrigo Soriano perpetró un atentado contra el novelista el 11 de septiembre de 1905.



[Pepet] estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo y el valentón sintió el golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

Justo enfrente del mentado Café Español, se hallaba uno de los lugares hoy en día más transitados de la ciudad y donde era abatido el protagonista del cuento «Guapeza valenciana» por los hermanos Bandullo. Nos estamos refiriendo a la subida de la Morera, un espacio inmediato a donde se levanta en la actualidad el edificio del Banco de Valencia (La Caixa), al otro lado del teatro Principal. Ya en documentos del siglo xiv se habla de la existencia de una morera que lindaba con la casa de un tal Pere Puig, por lo que el lugar donde se hallaba recibía el nombre de plaza de la Morera de Pere Puig. Cuando el viejo árbol se taló en 1767, en su sitio se plantó otra morera que sobreviviría hasta el último tercio del XIX. Esta segunda morera conoció, por tanto, cómo la plaza de Pere Puig se convertía en de las Barcas y en ella estaba la fuente de las tres Gracias, desplazada con el tiempo a la plaza de Rodrigo Botet.

En el número 14 de la calle Don Juan de Austria, Blasco Ibáñez instaló en 1894 su domicilio y la redacción del diario El Pueblo, por lo que conocía muy bien el barrio de Pescadores.


Todos los valencianos hemos temblado de niños ante el monstruo enclavado en el atrio del Colegio del Patriarca, la iglesia fundada por el beato Juan de Ribera. Es un cocodrilo relleno de paja, con las cortas y rugosas patas pegadas al muro y entreabierta la enorme boca, con una expresión de repugnante horror que hace retroceder a los pequeños, hundiéndose en las faldas de sus madres.

Tomando como referencia las primeras líneas del cuento «El dragón del Patriarca», dirigimos a continuación nuestros pasos hacia la calle de la Nave, para llegar hasta el Colegio Seminario del Patriarca, conocido también como Real Colegio del Corpus Christi. Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional en 1962, esta edificación fue promovida por Juan de Ribera, arzobispo y virrey de Valencia, que quiso fundar un seminario para la formación de sacerdotes según las pautas de la Contrarreforma y, además, intervino directamente en el diseño del proyecto arquitectónico y en la elección de los artistas y constructores que intervendrían en su construcción.

El colegio se levantó en apenas veinticuatro años (1586-1610), y pese a que su fachada transmite una sensación de austeridad, en su interior se guardan valiosos tesoros. Son dignos de mención los frescos de Bartolomé Matarana para su iglesia y el claustro renacentista, de Guillén del Rey, con columnas de mármol genovés. Pero no deben olvidarse los contenidos de su archivo, ni las obras pictóricas de Ribalta, el Greco o Joan de Joanes que alberga su museo o los espléndidos tapices restaurados recientemente y que engalanan la Capilla de los Tapices.

Con todo, una de las curiosidades del edificio es el caimán disecado que, como dice el narrador del cuento citado, está colgado en el muro de la izquierda del atrio o zaguán y dio pábulo a la creación de una leyenda con acentos casi épicos.



Su león era una gloria tan respetable como la Lonja de la Seda o el Pozo de San Vicente.

Para llegar a la última parada de este primer itinerario, avanzamos por la calle de la Nau hasta la plaza de Alfons el Magnànim, desde donde, cruzando la calle de Paz, alcanzaremos la del Mar. Nuestro destino es la casa natal del patrón de Valencia, San Vicente Ferrer, comprendida entre la citada calle del Mar y la del Pouet. De dicho edificio, mencionado como una auténtica institución para los valencianos en el cuento «El último león», no queda más que el solar donde se levanta la nueva edificación de mediados del siglo XX, en estilo neogótico. En el nuevo edificio sobresalen espacios como el vestíbulo, en cuyas paredes se representan escenas diversas de los milagros atribuidos a Sant Vicent, plasmadas gráficamente en los azulejos cerámicos de Manises del siglo XVIII. Esta dimensión religiosa es la que eclipsa el posible valor histórico de una casa que en su día perteneció al gremio de los boneteros o a la orden de los dominicos. La piedad cristiana reivindica los portentosos milagros del santo, y entre ellos sobresale el relacionado con el antiguo pozo que había en la casa familiar. Es el de “la sabateta”, mediante el cual el niño Vicent provocó la subida del agua del pozo hasta su borde para que pudiese recuperar un amigo suyo el zapato que le había caído en el fondo. Según la tradición, las aguas de aquel pozo eran inagotables e incluso podían ser consuelo para los afligidos.